jueves

RICHARD BACH - REIMPRESIONES

Alejandro Irausquin me ha enviado un mail, respecto a un artículo posteado en la versión anterior de Viajeros Virtuales. Se refiere a un hermoso capítulo del libro "El Don de Volar" de Richard Bach que tuve a bien transcribir. No se si recuerden cómo llegó ese libro a mi poder, y para Alejandro como para quienes no conozcan la historia, lo he rescatado del viejo Blogia y lo paso a este blog y sirva para que este buen hombre, que me ha linkeado en su Facebook, lo pueda a su vez ofrecer a sus lectores.

Gracias, amigo, por tu amabilidad y paso a dejar aqui tanto el relato de cómo regresó ese libro a mis manos y a continuación, el artículo al que haces referencia en tu mail..

Troy.


EN EL LUGAR Y MOMENTO PRECISO

En lo alto, blancos y redondeados cúmulos, con matices de azul y gris leve, coronaban el cielo a 1200 pies. Más allá, un azul pizarra servía de fondo a esa tarde de sábado tibia y transparente. Temperatura de 22 grados, viento amable y fresco que nos acariciaba a ras del suelo.

Yo venía caminando rumbo al paradero del microbús que me regresaría a casa después de haber estado en la Disquería Luna, cliente de la Radio. Iba tranquilo, disfrutando del momento, después de un pequeño triunfo en mi trabajo. Estaba relajado y decidí caminar un poco.

No siempre tengo la oportunidad de un rato de paseo o una que otra de tarde de descanso fuera de mi cubil. Pero esta vez estaba contento y decidí que tenía la oportunidad de caminar un poco y ver las calles, los rostros, familias enteras en sus autos, en las aceras. Algunos iban de compras y otros parecía que habían captado también la magia de esa hora y habían salido a lo mismo, simplemente a dejarse coquetear por un ambiente que añorábamos después de un invierno especialmente duro y cruel. Temuco despertaba a una primavera anhelada y yo aproveché para mirar un poco de todo.

A llegar al Parque O´Higgins, sitio cercano al paradero, me detuve a leer lo que decía una pancarta: Feria del Libro Usado. Y efectivamente, al desplayar mi vista, descubrí algunos pequeños puestos improvisados, llenos de libros y revistas que seguramente esperaban a algún ávido lector de ocasión. Rebosaba de ejemplares usados y descartados por antiguos propietarios que seguramente al hacer una limpieza general de sus casas, habían desterrado de sus vidas a magníficas obras y sus autores. En otras ferias similares anteriores había estado ahí curioseando mientras buscaba un libro que he mencionado en este blog: “El Don de Volar” de Richard Bach, pero no había tenido suerte.

Estuve unos momentos caminando y curioseando entre algunos títulos y casi me decidía por una antología de cuentos de Isaac Asimov (me fascina), pero de pronto lo dejé ahí sin más. Caminé un par de pasos y me dirigí al chico, de aproximadamente 19 años que atendía y le pregunté si tenía “Ángeles y Demonios” de Dan Brown, pues quería regalárselo a la esposa de un amigo a quien recientemente ya le había obsequiado “La Conspiración” del mismo autor. No lo tenía. Entonces sentí que era el momento de irme. Pero mi vista cayó en un libro, casi oculto en una fila. Esa magia que describí antes, que flotaba en el ambiente de esa tarde de sábado me hizo estirar la mano, y al tocarlo ya sabía cuál libro era.

He leído muchas veces la frase “Si quieres algo, déjalo partir. Si regresa es tuyo. Si no, nunca lo fue”.

Hace algunos años, en la casa donde vivía, en un elegante barrio aquí mismo en Temuco, había muchos libros. Yo vivía alojado ahí y disfrutaba de la lectura, además de un techo, comida, baño caliente y una estufa a leña para el invierno. Pero nada sustituía mi pasión por leer. Así, pasaron por mis manos una buena cantidad de autores que incluso llegué a comentar en la radio, en mis intervenciones matinales. Ahí mismo, había hallado a Richard Bach, con “Ilusiones”, “Juan Salvador Gaviota” (que ya había leído años antes y fue un placer releerlo varias veces más), “Un Puente al Infinito” y “El Don de Volar”.

Este libro, lleno de anécdotas e historias escritas por Bach entre 1959 y 1972 tenía un ensayo titulado “Algún día los egipcios van a volar” que influyó especialmente en mi intención de crear el concepto de Viajeros Virtuales.
“El Don de Volar” se convirtió entonces en una inspiración y lo debo haber leído al menos 5 veces, completo. Por eso, cuando me fui de esa casa bonita y me vine a este cubil lo extrañé muchísimo y me di a la tarea de buscarlo. Pero las ediciones estaban agotadas, no había reimpresiones recientes y en el momento en que lo hallé en E-bay no tenía el dinero para comprarlo. Lo busqué entre los libros digitales y hallé muchos otros, pero no éste precisamente.

Por eso quizás, la pasada tarde del sábado fue mágica. Porque después de haberlo buscado infructuosamente, regresó a mi. Al tocarlo, tuve la impresión de que era exactamente el mismo que había dejado en aquella casa, en Villa Cataluña, en aquel barrio elegante donde la gente deja sus libros abandonados al polvo y al olvido y donde yo lo había acariciado como un tesoro valioso. La misma portada, las letras resaltadas al tacto en la cubierta lustrosa, las mismas hojas amarillentas y toscas, el mismo volumen que se acomodaba perfecto a mis manos, ávidas de sentirlo para que mis ojos recorrieran sus páginas y ayudaran a la imaginación a vivir esas historias y vivencias de Bach.

Ni siquiera hubo regateo en el precio, de aproximadamente 5 dólares. El joven que me atendió quizá percibió algo de esa emoción que me embargaba en ese momento y le dije que nunca discutiría el precio de ese libro porque sabía lo que valía y que además llevaba tiempo buscándolo. Y además, tenía la misma sensación y seguridad de que por algún azar del destino, era el mismo ejemplar que ya había leído en aquella casa, años antes. En esa época, ahora muy distante en mis recuerdos, era un libro ajeno, metido en la casa ajena de alguien ajeno, que nunca comprendió lo que Bach significaba para mí. Pero esta vez, al comprarlo ahí, ya era mío.

Feliz, emprendí el regreso a este cubil, que casi siempre es frío y húmedo, pero que ahora se convertía en un palacio de lecturas, al menos por esta vez, en libros no digitales sino a la antigua, en papel.

Lo he palpado, lo he hojeado, he leído nuevamente ese ensayo que nos habla de cómo habría sido posible que los antiguos egipcios hubiesen volado si lo creyeran posible.

Si les gustó el cuento llamdo "La Máquina Voladora" de Ray Bradbury y sacado de su libro “Las doradas manzanas del sol” y que expuse en este blog el pasado mes de marzo, seguramente este otro relato de Bach también será de su agrado.

En cuanto termine de transcribirlo, lo publicaré en este blog. Seguramente Richard Bach no se molestará de que no le pida el permiso legal correspondiente para hacerlo.



ALGÚN DIA LOS EGIPCIOS VAN A VOLAR


Los cartagineses podrían haberlo hecho. O quizás los etruscos o los egipcios. Hace cuatro o cinco mil años podrían haber volado.

Si usted y yo hubiésemos vivido en esa época sabiendo lo que sabemos, podríamos haber construido un aeroplano de madera: cedro, bambú para los largueros y las costillas, unidos con clavijas, pegados con goma de caseína, amarrado con tiras de cuero, revestido con papel o con una tela delgada, pintado con almidón.

Cuerdas trenzadas para los cables de control, bisagras de madera y cuero, un aparato ligero y de alas muy anchas. No habríamos necesitado metal, ni siquiera alambre y nos habríamos arreglado muy bien sin goma y plexiglás.

Podríamos haber construido rápidamente el primero, tosco pero fuerte, haberlo lanzado sobre rieles por la ladera de una colina contra el viento y haber virado de inmediato hacia la cima para aprovechar la sustentación ascendente y volar durante una hora. Quizá hiciéramos cautelosas incursiones en busca de corrientes de aire caliente.

Luego, después de haber probado que era posible, habríamos vuelto al taller y, solos o con la ayuda de los expertos técnicos del faraón, podríamos haber pasado del planeador al velero y las
flotas de veleros. Conociendo los principios, el hombre hubiese descubierto que podía volar, habría contribuido al desarrollo de este arte según las características de cada pueblo y antes de que pasaran muchos años habría planeado a 6,000 metros de altura y recorrido 30 kilómetros a campo través y más.

Y mientras tanto, sólo por diversión, comenzaríamos a experimentar con metales, combustibles y motores.

En aquella época era posible, se podía haber hecho. Pero no se hizo. Nadie aplicó los principios del vuelo porque nadie los comprendía y nadie los comprendía porque nadie creía que los seres humanos podían volar.

Pero a pesar de que lo la gente creyera o dejara de creer, los principios estaban ahí. Un ala curvada y ligera consigue sustentarse en un aire que se mueve y no importa si el aire se mueve hoy, hace mil años atrás o diez mil años atrás. Eso no le importa a los principios; ellos son idénticos a sí mismos y siempre verdaderos. Pero a nosotros, a la Humanidad, nos importa, porque nosotros seremos libres mediante el conocimiento. Crea que algo bueno es posible, encuentre el principio, póngalo en práctica… voilá: ¡Libertad!

El tiempo no significa nada. El tiempo es solo nuestra manera de medir la brecha entre no saber algo y saberlo o entre no hacer algo y hacerlo. El pequeño biplano Pitts Special, que actualmente se construye en sótanos y garajes en todo el mundo, hace un siglo atrás habría sido prueba de un milagroso poder divino. En este siglo vemos docenas de Pitts Special en el aire y nadie piensa que tengan algo de sobrenatural. (Excepto para aquellos de nosotros a los que un tonel rápido vertical doble, seguido por un rizo hacia fuera nos han parecido sobrenaturales desde el principio).

Estoy seguro de que para muchos más de los que están dispuestos a reconocerlo, el ideal de volar va mucho más allá del Pitts Special. Algunos de nosotros podríamos quizás abrigar el secreto pensamiento de que la mejor manera de volar sería aquella que nos permitiera deshacernos del avión, encontrar un principio que nos dejara libres por el cielo. Los acróbatas en paracaídas son los que se han acercado más al secreto, pero como caen directamente hacia abajo, no se puede considerar que vuelen.

Con las cosas mecánicas: las plataformas y los tornos de lanzamiento, ha desaparecido el sueño; sin el metal no se puede hacer nada, quédese sin combustible y se precipita a tierra.

Propongo que busquemos una manera de volar sin aeroplanos. Creo que en este momento existe un principio que lo hace posible y que es muy simple. Hay algunos que sostienen que ya se ha hecho alguna vez en la historia. No lo sé, pero creo que la respuesta es aprovechar de algún modo la energía que mantiene unido a todo el universo invisible, la energía de la cual las leyes de la aerodinámica son sólo una expresión que podemos ver con nuestros ojos, medir con nuestras esferas y tocar con el tosco metal de nuestras máquinas voladoras.

Si la respuesta sobre la forma de aprovechar esta energía está más allá de la máquina, entonces debe estar dentro de nuestra capacidad mental. Las investigaciones sobre telekinesis y percepción extrasensorial, como las de aquellos que profesan filosofías que sugieren que el hombre es una idea ilimitada de energía primaria, exploran una veta interesante. Quizás haya mucha gente volando por los laboratorios en este momento. Rehúso afirmar que es imposible, aunque por el momento pudiese parecer sobrenatural, del mismo modo como nuestro primer planeador hubiese causado perplejidad y temor a los egipcios que se habían quedado en el valle.

Por el momento, mientras estudiamos el problema, el antiguo sustituto de tela y acero que llamamos aeroplano tendrá que seguir entre el aire y nosotros. Pero tarde o temprano –no puedo dejar de creerlo- todos nosotros los egipcios aprenderemos a volar.

RICHARD BACH – 1970

Tomado de:
“El Don de Volar” – Richard Bach

Título original: A Gift of Wings
Edición Original: Eleanor Friede/Delacorte Press
Traducción: Gregorio Vlastelica
© 1983 Alternate Futures Inc. Por acuerdo con Eleanor Friede/Delacorte Press
© 1985 Javier Vergara Editor S. A.
ISBN 950-15-1574-5
Edición de Verlap, 1995.
Digitalización – TROY, Nov. 2007.

9 comentarios:

AirAusquin dijo...

Muchisimas gracias Troy!!!

Un abrazo cordial desde Venezuela.

Alejandro

Kurt dijo...

Buenas compi y amigo. Te mando un premio que me gusta mucho darlo.

Espero que te guste:
http://lawarradelosmundos.blogspot.com/2008/06/premio-campaa-amizade.html

Ariadna De Alexandría dijo...

Leer a Bach es como volver sobre mis pasos en mi mente hacia aquellos recuerdos guardados celosamente en el arcón más preciado de mi memoria. Me fascinaba lograba que mi imaginación volara junto con él.

Gracias

Ariadna De Alexandría dijo...

Leí de él. Biplano, Nada es azar, Juan Salvador Gaviota e Ilusiones. NO sé por qué lo relaciono mucho con Saint Exúpery.

Saludos

TROY dijo...

AIRAUSQUIN: DE NADA, AMIGO, MUCHOS SALUDOS A TUS LECTORES EN EL FACEBOOK.

TROY dijo...

Adriana:

Gracias por tus comentarios. Si puedes, te recomiendo (para conocer más aún a Bach), "Puente hacia el infinito" y "El Don de Volar", del que puse un solo cuento, que leíste.

En el primero, nos narra su relación con la mujer de su vida y en el segundo hay una coleción hermosa y variada de sus impresiones como piloto y como ser humano.

No me extraña que lo relaciones con Saint Exúpery. Creo que ambos representan valores muy humanos expresados en sus lbros de una manera tan clara que los amamos de inmediato.

Visité tus blogs y son hermosos. Quizá un reflejo fiel de esa belleza que adorna a toda mujer con sensibilidad.

Recibe mi saludo respetuoso.

Troy

Ariadna De Alexandría dijo...

Tienen algo como mágico los dos además me apasiona lo que se aviones.

Gracias por responderme y pasar a visitar los blogs.

Saludos

Marco Antonio dijo...

A mi igual me gusta el estilo Bach y el misticismo con que escribe sus historias, ojala puedas seguir publicando notas sobre el

TROY dijo...

Marco Antonio: Me agrada que te agrade. Y si, tengo en preparación algunas cosillas acerca de él.

Troy